domingo, 10 de noviembre de 2013

cuento para niñas que no saben cerrar los ojos

La bestia duerme.
Antes, no tanto tiempo antes, suficiente, anquilosadamente cerca, se paseaba la bestia.

Acechaba ingenua de miedos esta selva de entrañas. Respiraba con la boca abierta de un niño que acaba correr y se vuelve a buscar la mirada de su madre. Desorientada. Se escondía entre verdes y sombras ondulantes, también algunos rayos de sol perdidos, tallos, atrapados por la densa humedad de la incertidumbre. Esperaba con los ojos de la inoportuna somnolencia y jadeaba suave y extraña.

Un día quise nombrarla bien, quise acercarme a ella, sin saber si herida o claustro, sin saber si despensa o estómago de ballena y la llamé. No vino, nunca viene cuando se la llama pero sonrió y la selva pudo levantar lianas y hacer un claro.

Hoy la bestia duerme pero cuando se despierta no siempre llueven cazuelas ni explotan barcos, ha aprendido de una suerte que le llega en forma de brazos sin ojos, de aliento sin reclamo, de tranquilidad indómita, de palabras que, susurradas, nos abren el cielo, nos tranquilizan el ánimo.


n.m.





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